top of page

Clases particulares de español: cómo gestionar la motivación y la actitud del alumnado adulto

  • 4 dic 2025
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: hace 2 días

¿Qué hacer cuando el profesor necesita acompañar a alumnos poco activos en las clases particulares de español?


En las clases particulares de español (presenciales o en línea), el profesor ocupa un lugar muy distinto al que tiene en un aula tradicional. No existe grupo, el alumnado no tiene compañeros que actúen como espejo, como competencia o como red de apoyo; la relación es casi artesanal: dos personas frente a frente. Bien aprovechada, esta estructura tiene un enorme potencial, pero también presenta un desafío evidente: toda la dinámica de aprendizaje depende exclusivamente del vínculo entre profesor y alumno. Y ese vínculo está determinado, en gran medida, por la actitud del estudiante.


Si hablamos de estudiantes adultos, los docentes nos encontramos con dos perfiles radicalmente distintos —y todos los matices intermedios—. Por un lado, están los alumnos que responden a cualquier estímulo, que aceptan una recomendación cultural y la convierten en acción: ven la película que mencionamos, buscan la canción que usamos en clase, aprovechan cada ocasión para utilizar las expresiones idiomáticas que les presentamos. Son alumnos que hacen que la educación personalizada sea una delicia, porque entienden que aprender no es solo sumar contenidos, sino explorar.


Por otro lado, están quienes no se activan. Da igual si la clase es dinámica, si hay juegos, videos, debates, materiales auténticos o anécdotas personales. Son alumnos que incluso verbalizan: "es que no tengo ganas de trabajar más allá de la clase". Pero el problema no es el trabajo, sino la falta de curiosidad. Y aquí es donde los profesores particulares se enfrentan a su mayor reto: cómo acompañar a un alumno que no quiere moverse del punto en el que está.


Este artículo ofrece algunas reflexiones sobre cómo manejar estas situaciones desde un enfoque práctico, emocional y pedagógico, con el objetivo de favorecer la motivación del alumno, equilibrar expectativas y preservar el bienestar del docente.


Figura con una bombilla e interrogante sobre la cabeza, ilustrando la duda sobre cómo adaptar el currículo a la comunicación real en el aprendizaje del español.

Comprender la naturaleza de las actitudes en el aprendizaje individual


En un grupo, la actitud se contagia. El estudiante ve a otros participar, hablar, fallar, mejorar. Existe una corriente colectiva que empuja. En cambio, en las clases particulares, la única fuente de energía externa es el profesor. Esto implica una presión emocional añadida: el docente no solo explica o guía, sino que también sostiene la dinámica en solitario.


Por eso es tan importante comprender que la actitud del alumno no depende solo o únicamente del profesor. La motivación nace de tres ejes fundamentales:


  1. Autonomía: sentir que uno tiene control sobre su aprendizaje.

  2. Competencia: percibirse capaz de progresar.

  3. Vinculación: conectarse emocionalmente con el contenido o con la persona que enseña.


Hay alumnos que vienen con esos tres pilares activados. Son los que, de forma natural, investigan lo que mencionas: buscan la plataforma o incluso el cine que en su país proyecte aquella película de cuyo argumento le hablaste, o buscan la canción que trabajasteis en clase para aprender a tocarla con la guitarra. Pero hay otros que llegan sin ninguno de esos pilares. Tienen la intención pero no el impulso. Quieren aprender, de lo contrario no buscarían clases particulares, pero no logran ponerse en marcha y quizá esperan, de manera inconsciente, que el profesor compense todas sus carencias. Eso, simplemente, no es posible.


El papel emocional del profesor: acompañar, no arrastrar


Un error común en las clases particulares es que el profesor intente suplir la falta de implicación del alumno mediante una sobreproducción de energía: más juegos, más vídeos, más materiales sorprendentes, más actividades creativas, más entusiasmo… Pero esa estrategia suele llevar a una trampa: el docente se vacía, y el estudiante sigue igual.


Es importante recordar que en la medida en que el aprendizaje, máxime con alumnado adulto que busca profesor, siempre es voluntario el rol del docente no es arrastrar al estudiante, sino acompañarlo; el profesor puede abrir puertas, pero no puede obligar a que el alumno las cruce.


Cuando un estudiante no se activa, hay dos posibles causas:

  • Problema de expectativa: no entiende qué implica aprender una lengua.

  • Problema de actitud: no está dispuesto a adoptar el rol que requiere la clase.


Identificar cuál de los dos está presente permite ajustar la intervención. Antes de modificar metodologías, lo fundamental es tener una conversación sincera con el alumno. No para confrontarlo, sino para co-construir un marco de clase. Algunas preguntas útiles son:


  • “¿Qué te gustaría poder hacer con este idioma en tres meses?”

  • “¿Qué haces actualmente fuera de clase para acercarte a ese objetivo?”

  • “¿Qué tipo de actividades disfrutas realmente?”

  • “¿Qué esperas de mí y qué esperas de ti mismo?”


Estas preguntas no solo sirven para diagnosticar la implicación del estudiante, sino también para devolverle la responsabilidad. Enseñan que aprender no es un proceso mágico, sino compartido.


Aunque no son mayoría, en las clases particulares de español siempre aparece algún alumno que reconoce sin filtros: ‘es que no tengo ganas’ o ‘soy muy vago’. Al verbalizarlo delante del profesor, escuchan por primera vez el peso real de lo que dicen. Y es justo ahí cuando, a veces, surge una primera chispa de autoconciencia.


Diseñar actividades que apelen a su identidad (y no solo a su gusto)


Un error frecuente es intentar motivar a un alumno proponiéndole temas “que le gusten”. Probablemente lo más efectivo sea activar su identidad: si es competitivo, proponer retos; si es emocional, proponer narrativas; si es racional, proponer lógica; si es artístico, proponer creación.


No se trata de actividades más bonitas o más entretenidas, sino más conectadas con quién es el alumno. Asimismo, si el término “tarea” activa rechazo en algunos estudiantes, podemos reformularlo a microhábitos para intentar bajar la resistencia: 


  • escuchar una canción tres minutos al día;

  • ver un vídeo de 30 segundos cada mañana;

  • leer una publicación breve;

  • mandar una nota de voz al profesor una vez por semana;

  • buscar una palabra que haya surgido en clase.


Estas acciones no requieren esfuerzo académico, pero sí activan la autonomía del estudiante y generan un vínculo continuo con el idioma.



Persona de la que salen letras de la boca, simbolizando la importancia del vocabulario y la comunicación real en el aprendizaje del español como lengua extranjera.

Aceptar los límites: no se puede motivar a quien no quiere ser motivado


Esta es la parte más difícil de aceptar para un profesor que se toma su trabajo en serio. Hay alumnos que, simplemente, no están en el momento vital de comprometerse con un aprendizaje significativo. Y eso no es culpa del docente.


Forzar la motivación de un alumno adulto desmotivado solo genera frustración. En cambio, establecer límites saludables permite proteger la energía del profesor y mantener la calidad de las clases.


A veces, una conversación clara del tipo:


“Puedo acompañarte a mejorar siempre que tú también pongas de tu parte, aunque sea mínimamente. Si no, la clase se convierte en algo que no te beneficia y que no puedo sostener solo.”


…abre más ojos que cualquier juego o actividad espectacular.


No todos los estudiantes van a ser aquellos “que valen su peso en oro”: los que investigan, compran, tocan, buscan, preguntan. Pero incluso los que no se activan pueden ofrecer un espacio de aprendizaje para el docente.


El profesor aprende a:

  • modular expectativas;

  • medir esfuerzos;

  • controlar el desgaste emocional;

  • afinar la escucha;

  • comprender las barreras ajenas sin convertirlas en propias.


En última instancia, enseñar en formato individual es un ejercicio de madurez profesional: uno aprende a no tomar el comportamiento del alumno como un juicio personal, sino como un reflejo de su proceso interno.


Juego de Scrabble como metáfora del trabajo del profesor al combinar léxico, comunicación y criterio pedagógico.

Conclusión: entre el deseo de enseñar y la realidad del alumno


El gran desafío de las clases particulares es sostener el equilibrio: motivar sin forzar, acompañar sin cargar, inspirar sin agotarse. El profesor es, muchas veces, el único referente del alumno; pero no puede ser su motor permanente. La responsabilidad del aprendizaje es siempre compartida.


Hay alumnos que hacen que la enseñanza sea un viaje luminoso. Otros la convierten en un ejercicio de paciencia. Pero todos, de un modo u otro, nos permiten crecer como profesores, ajustar nuestra mirada y comprender que el aprendizaje no es lineal ni homogéneo.


La clave está en recordar que como docentes abrimos caminos, pero no podemos recorrerlos por el alumno. Y que, cuando el estudiante decide caminar, incluso un solo paso fuera de clase —una canción, una película, un gesto mínimo de curiosidad— puede transformar toda la experiencia educativa.



Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
bottom of page